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El Crackómetro (73) El campeón eterno: Y van 34


El campeón eterno

Por Juanma Trueba A La Contra 16/07/2020

El Real Madrid gana una Liga cada 2’6 años y la Champions cada cinco. No hace falta añadir mucho más. En semejante recorrido la suerte es una anécdota, igual que los vientos en contra o los soplidos a favor. Si algo ha demostrado el Madrid postconfinamiento es que nada le altera, ni la ausencia del público, ni la falta de abrigo en su estadio, ni siquiera la ventaja con la que partía el Barça cuando se reabrió el mundo. Existe un tipo de determinación que sólo tiene el Real Madrid y esa es, en última instancia, la gran diferencia. Creer.

Se dice que en el Real Madrid los entrenadores no marcan épocas, que son los jugadores. Se ha cumplido casi siempre, pero esta vez no. Esta ha sido la Liga de Zidane por encima de la brillante campaña de Courtois, Ramos, Casemiro o Benzema. Quien apostó por los veteranos fue Zidane, quien aplazó la revolución que reclamaba el pueblo, quien degolló a Bale sin que saliera sangre, quien ha sabido alternar minutos con rotaciones que no entiende nadie. Zidane ha sido la clave. La motivación del equipo es suya, la tensión y las sonrisas. Ese grupo, salvo mínimas excepciones, es feliz.


Entre los enormes méritos de Zidane está haber tapado el socavón que dejó Cristiano Ronaldo. La esperanza parecía muy lejana entonces. Se habló de travesía del desierto, de la amputación del gol y de equipo avejentado; nada era inventado. Sin embargo, Zidane creyó. Y a su alrededor fueron creyendo todos. Y según la esperanza se hizo contagiosa, el Barcelona empezó a perderla. Debe ser insoportable tener un enemigo así y lo será todavía más como se le ocurra eliminar al City.



Dicho lo anterior, no ha sido una temporada brillante. Las principales virtudes del campeón han sido la constancia y la inquebrantable fe en sí mismo. La solidez. La seriedad. La concentración. Y esas luces no son brillantes, aunque sean intensas. En las últimas diez victorias no ha sobrado nada y nunca sabremos si el equipo dio lo justo o todo lo que tenía. Supongo que no importa mucho, aunque volvió a suceder contra el Villarreal. El Real Madrid hizo lo que necesitaba para ganar. Marcó primero Benzema, como resumen de su gran temporada, y el segundo gol llegó en un penalti inexistente a Sergio Ramos que quiso tirar luego con una acción improcedente, indirecto para Benzema. No hacía falta esa extravagancia. Por fortuna, los abrazos traspapelan la niñería. La celebración lo invade todo, aunque sea con sordina. El éxito es tan inapelable como el fracaso del Barcelona. La verdad es machacona: el Real Madrid no falla o no suele. Tenga mucho o tenga menos. Y no es que siempre esté bien, es que siempre está convencido.

El Crackómetro (72) Antídoto para escépticos: España campeona mundial


Antídoto para escépticos: España campeona mundial

La GalernaAmalio Campa 16 septiembre, 2019

Si hubiera que extraer una conclusión final que definiera el desenlace de este Campeonato Mundial de la FIBA disputado en China, creo que elegiría la siguiente: la selección española posee todas las virtudes que un equipo manifiestamente imperfecto necesita para ganar, y las tiene con creces y a un nivel superlativo. Determinación, riqueza táctica, espíritu competitivo, mentalidad, compromiso, defensa, experiencia e intensidad. Y me detengo aquí por no ocupar todo el artículo enumerando adjetivos. Porque seamos serios, jugador por jugador, libra por libra, la actual selección española si nos ceñimos tan solo al talento individual ocuparía entre el cuarto y el sexto lugar de entre todos los equipos participantes en una hipotética lista de favoritos. Países como Estados Unidos, Serbia, Australia y Francia a priori tenían muchas más posibilidades de ganar que España, pero los doce dirigidos por Sergio Scariolo han demostrado una vez más al mundo que no se puede ganar cosas importantes solo con talento. Hace falta algo más profundo, algo más esencial. Y otra prueba de ello la constituye la finalista, Argentina, otra escuadra inferior en cuanto a valor individual, pero que tirando de orgullo, corazón, los genitales del Facu Campazzo, y la maestría de un auténtico mito viviente de 39 años llamado Luis Scola, han llegado a un estatus incluso más inesperado que el de la propia España. Ahí lo tienen, el baloncesto es un deporte de equipo y para equipos con mayúsculas. Me descubro ante ambos.

Yo crecí mientras adoraba a la selección de Yugoslavia, envidiaba a la Unión Soviética, y elevaba a los altares la plata olímpica de España en Los Ángeles-84. Hasta hace unos pocos años pensaba que las dos poderosas generaciones balcánicas, la primera en los 70 (triple campeón europeo, campeón mundial y olímpico), y la segunda en los 80 (campeón europeo, mundial y subcampeón olímpico) constituían un espejo en el que España podía optar a mirarse pero nunca a salir reflejada en igualdad de condiciones. Ahora me doy cuenta que ni siquiera la mitificación teñida de nostalgia juvenil hacia los Delibasic, Cosic, Petrovic, Kukoc, Divac o Djordjevic me permite negar la evidencia; la España del siglo XXI ya es la primera en el podio del Olimpo de la canasta a nivel continental. 

En doce más un años la selección ha conseguido un palmarés monstruoso, colosal, con jugadores mejores y peores, con la plenitud de los “Juniors de oro”, y ahora mismo sin ninguno de ellos en el plantel, con la presencia de naturalizados como Serge Ibaka y el innombrable jugador del Barcelona con pasado madridista, pero también sin ellos, con la presencia del súper talentoso Sergio Rodríguez, y también sin él. España ha saboreado las mieles del triunfo, y simplemente no quiere o no sabe detenerse. ¿Quieren pruebas tangibles de mi afirmación? Les daré una que no admite debate; las poderosas Yugoslavia y Unión Soviética que aún permanecen en el corazón de los aficionados de verdad a este deporte jamás se enfrentaron a una escuadra NBA, mientras que Argentina lo hizo y ganó, y España lo hizo y viene ganando desde que la generación de 1980 agarró las riendas de su destino con manos de hierro.

Este es un triunfo memorable, quizá también por lo inesperado. Ha sido un verdadero antídoto para los escépticos, entre los que me encontraba a principios del torneo, simplemente basándome en las malas sensaciones desprendidas después de una primera fase, llamémosla errática. A partir de ahora intentaré con todas mis fuerzas librarme de mi espíritu pesimista por naturaleza y confiar mucho más en un grupo inquebrantable y digno de pasar a los anales de la historia. Se lo han ganado a pulso.

Para terminar, y dentro del marco de un escaparate madridista como el que me brinda La Galerna, quisiera hacer una mención especial a los cinco jugadores blancos que han alcanzado la final y que han desempeñado un papel relevante. Sé que el espíritu de Gabriel Deck, Nico Laprovitola, Facundo Campazzo, Rudy Fernández y Sergio Llull continuará durante la temporada y nos permitirá disfrutar de unos meses memorables. Al fin y al cabo han demostrado que conocen y saben conjugar a la perfección el verbo competir. Y si se lleva a efecto finalmente la contratación de Luis Scola, lo cual se está rumoreando durante estas fechas, la felicidad ya será completa. Ah, por cierto, si estás palabras llegan a oídos del innombrable, que sepa que los que nos gusta el blanco y disfrutamos con la rojigualda no le echamos de menos ni un ápice. El compromiso se demuestra con hechos, no con tuits.


El Crackómetro (71) Anatomía de un instante: el triple de Carroll


La fe madridista enciende el Palacio

Escrito por: José Luis Llorente Gento - 18 junio 2019

Una emocionante demostración de fe madridista sumió al Palacio en el éxtasis de lo imposible. El Madrid volvió al partido una y mil veces, las que hicieron falta, resistiendo los embates barcelonistas y sus propias carencias con una determinación ejemplar. Esta vez el equipo sí que fue Nadal, combatiendo contra un rival aguerrido que trató de acercar el baloncesto al rugby y contra su propia incompetencia, porque hay días que la niebla se espesa y se contagia de forma inevitable entre los cerebros de un equipo. Entonces, cuando los acontecimientos destrozan los planes, cuando la impotencia se apodera de la voluntad, sólo la fe incorruptible impulsa a los elegidos. La fe que ha convertido a este club en el paradigma del tesón, de la resistencia hasta el límite y de la victoria tan desesperada como esperada. Además, este Madrid de Laso tiene unos fieles que asisten a la ceremonia de cada partido con la misma inquebrantable creencia de que, aun en el último suspiro, el marcador será blanco. Ayer, de forma indesmayable, mostraron su comunión, los jugadores haciendo un alarde de irreductibilidad y los fieles jaleándolos con su ánimo hasta en los momentos más aciagos, cuando peor jugaban y más lejos estaban de su rival.


La emoción fue tan desbordante que ni siquiera Laso pudo contener su entusiasmo. Serio y recatado en sus apariciones públicas, apenas pudo reprimir un ataque de risa para explicar que “hemos jugado tan mal que me parece imposible que hayamos ganado. La fe nos ha dado la victoria”. Nunca habló con más acierto nuestro -¿maestro, obispo, pope, gurú?- Laso, que nunca perdió la calma en busca de la solución que los ayudara a salir del laberinto. El Madrid sólo encontró su ritmo en contadas ocasiones, enredado en una escena enmarañada de choques, golpes y manotazos en la que el encuentro se convirtió desde el salto inicial. Sin embargo, a empellones de voluntad y con la energía de un deseo inagotable, los madridistas volvieron a su esencia en el último instante del partido. Poco más de siete segundos en los que hicieron un encaje de bolillos para una liga.

Un suspiro en el que los cinco jugadores en juego tienen una importancia determinante. Primero, Thompkins -enredado en una instantánea de lucha grecorramana con Singleton- y Deck se imponen por milímetros a sus defensores para que el rebote del tiro libre de Llull caiga muerto bajo el aro y sin dueño. Entonces, aparece como un rayo el hombre que lee el baloncesto más rápido que nadie, que intuye antes que ninguno lo que va a ocurrir: Rudy, viniendo desde muy lejos, caza el balón sin dueño y en menos que abre el pico un gallo se abre buscando el triple. En esas centésimas de segundo, mientras detectan que el mallorquín se va a adueñar del rechace, el resto de los jugadores comienza a maniobrar para abrir el campo y las líneas de pase. De forma instintiva, como si fueran un solo ser, los tentáculos de una hidra que siempre levanta su cabeza, Llull busca la esquina izquierda y Carroll su diagonal. Ni Aníbal hubiera soñado con tanta reacción milimétrica y maquinal en su ejército. El impulso de Rudy en la captura le dirige hacia el Increíble, a quien cede el balón con presteza. Cuando todos pensamos en otra de sus hazañas, Sergio ve lo que no vemos nadie, hace una pausa en el vértigo, finta y mira hacia el otro segmento de la cancha, donde Carroll se desgañita en silencio -para no llamar la atención de la defensa- saltando y moviendo los brazos. Apremiados por el reloj, los espectadores contenemos el aliento cuando el balón vuela hacia donde ninguno esperamos. Jaycee apunta, pero Claver, rápido y enorme, se aproxima. El francotirador del Madrid que pone el balón donde pone el ojo, termina la faena con la frialdad de un ejecutor. Finta, da un bote a su izquierda, el balón describe la parábola perfecta y el público salta. Una pequeña obra de arte baloncestística por su sincronía, su aplomo y el impulso de la fe en una victoria que nunca estuvo más lejos y nunca disfrutamos tanto. El Barcelona quiso y pudo con el partido, aunque no pudo con las creencias de una tradición, con el poder de un escudo, con el anhelo de unos jugadores y el empuje de unos fieles que, al término de la ceremonia, cantaban y se abrazaban durante minutos ante la última revelación de la fe madridista.


El Crackómetro (70) Nadal es eterno


Roland Garros. Nadal es eterno: ¡12 títulos en Roland Garros!

Rafael Nadal, triunfador ante Dominic Thiem por 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1, en 3 horas y 1 minuto.

Texto: Juanma Trueba A La Contra 09/06/2019


Rafa Nadal se encuentra tan cerca que tendrá que alejarse para que seamos capaces de apreciar su dimensión como tenista y deportista, quizá también como símbolo de una época. Lo de Rey de la Tierra se ha quedado corto, aunque no sea mentira. Nadal es mucho más que eso. Tendemos al reduccionismo, tal vez porque nos faltan palabras, y es habitual que proclamemos a Nadal como un luchador incansable y olvidemos su genialidad y su talento desbocado. Y no hay leyendas que lo sean únicamente por voluntad propia. Es necesario, además, un don y una protección especial del destino para no enfermar durante doce primaveras, o para sobreponerse a todos los imprevistos que caben en doce años, incluyo rivales, lesiones y conflictos personales.


Su 12º triunfo en Roland Garros es un récord que no encuentra referentes en el deporte de máximo nivel. Muy atrás quedan ya las ocho victorias de Federer en Wimbledon o los siete títulos de Schumacher y Rossi, incluso los siete Tours fraudulentos de Lance Armstrong. El mérito es todavía mayor si pensamos que Nadal ha coincidido con los que son, junto a él, los mejores tenistas de la historia, Federer y Djokovic. Valga una prueba, minúscula, de su superioridad cumplida todos la treintena: los últimos diez Grand Slams han sido vencidos por Rafa (4), Federer (3) y Djokovic (3).


Hasta hace poco tiempo (o no tan poco), era costumbre que los más grandes campeones se alternaran a lo largo de la historia. En el tenis se han concentrado en quince años. Y en esas condiciones de máxima rivalidad Nadal ha ganado 12 veces Roland Garros, un total de 18 victorias en Grand Slam, solo dos menos Roger Federer. Quizá nos hayamos apresurado al designar al suizo como el mejor de todos los tiempos. Los tiempos son maravillosamente cambiantes y turbulentos.

Nadal venció a Dominic Thiem, el único jugador con condiciones específicas para sucederle algún día como dominador de la tierra batida, con un marcador de 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1, en tres horas de partido. El marcador está lleno de significados. La primera lectura es que Thiem no se rindió y cualquier otro lo habría hecho después del primer set. Su reacción en el segundo fue una demostración de carácter y de excelencia tenística. También de su extraordinaria condición física, de esa frescura que solo se tiene a los 25 años. 

La segunda lectura tiene relación con Nadal: nunca se sintió en problemas, ahora lo podemos decir. Por eso no se vio ni mínimamente afectado con el set de Thiem, seguramente porque lo tenía todo previsto. De modo que sin alterar el gesto se lanzó al cuello de su rival al inicio del tercer set. Thiem disfrutaba de esa felicidad que atonta un poco (o bastante) después de los placeres máximos y cuando quiso reaccionar ya estaba con desventaja de 3-0, 6-1 poco después.

Para entonces, Thiem ya había comenzado a flaquear, a fallar lo que no fallaba y nadie albergó la menor duda de que ya estaba muerto, también él lo sabía. El resto fue desangrarse y conceder tiempo a los cronistas, los aficionados, los admiradores y los ventajistas. Estaba claro que Nadal iba a ganar y ganó. Después de doce años victoriososlo único que se le puede reprochar es que no sea capaz de recitar los versos de Cyrano en perfecto francés, tarea para la que necesitará algún triunfo más, nada parece imposible esta tarde.

El Crackómetro (69) Eden Hazard, habemus crack


Por fin se anunció el fichaje del gran Eden Hazard por el Real Madrid. Hazard deja al Chelsea luego de siete temporadas en las que acumuló un total de 352 partidos. Mismos en los que anotó 110 goles y dio 92 asistencias. Con la camiseta de los Blues conquistó en dos ocasiones la Premier League, una FA Cup, una Copa de la Liga y también dos títulos de la Europa League. 

Un jugador maravilloso que llega al club blanco con 28 años, en el mejor momento de su carrera (aunque nos hubiera gustado disfrutarle antes) para comandar el nuevo Real Madrid 19-20, que esperemos nos haga olvidar la calamitosa temporada 18-19, aliviada sólo -para la tropa madridista- por el desplome del Barça en Champions y Copa. Así de patéticos nos vemos. 

Tras el video de algunas de sus mejores jugadas con el que el club lo ha recibido importamos un magnífico y exhaustivo artículo publicado por La Galerna (el 'Pravda' de los madridistas como acertadamente señala JM) analiza el juego de este crack mundial, en la actualidad el mejor jugador del mundo junto a Mbappe y Messi. Bienvenido Eden Hazard al Real Madrid!!

Eden Hazard: diablo en patines

Escrito por: Marcelino - 7 junio, 2019

Eden Hazard no es uno más, pertenece a esa estirpe de niños prodigio que hacen su aparición muy temprano en el universo futbolístico y recién comenzados empiezan a quemar etapas y confirmar expectativas a pasos agigantados. 

Debut a los dieciséis años en Lille y estrella del campeonato francés a los diecinueve, cruzaría el canal de la Mancha para enrolarse en un Chelsea campeón de Europa y convertirse en la indiscutible estrella blue y una de las máximas figuras de la Premier League y el fútbol Mundial.


El Mundial de Rusia le catapultó al estrellato. El mundo le descubrió como líder de la talentosa camada de Bélgica y una de los jugadores más estimulantes y decisivos del momento.

Con los Diablos Rojos firmaría uno de esos torneos que quedan para el recuerdo y memoria del aficionado. El Real Madrid no permaneció ajeno a la explosión de Eden y vio en él un jugador con el porte para ser referente de presente y de futuro en el Santiago Bernabéu. No se equivocan.

En patines

Empezando por lo superficial, desprende una energía especial que cautiva al espectador. Su fútbol es extremadamente bello, de auténtica orfebrería con una técnica y movimientos propios del patinaje artístico.


Es simultáneamente liviano y potente. Liviano porque se mueve como una pluma, con facilidad para ejecutar todo tipo de cambios de dirección y de aceleración. A su vez, posee un centro de gravedad lo suficientemente bajo que le otorga mucho equilibrio y que junto a un tren inferior muy potente que le da muchísima explosividad y fuerza de choque.


Técnicamente se trata de un superdotado. El balón va cosido sobre la punta exterior de su pie y permanece en todo momento bajo su control.

Se sirve de un paso corto pero muy potente que unido a su control de balón le permite realizar todo de tipo de giros, cambios de dirección y de ritmo. Si de heredero de una estirpe se tratara, Hazard es de la casa de los regateadores. 

El belga pasa por ser uno de los tres talentos regateadores de esta generación. Junto a Messi y Neymar Jr. comanda año a año las estadísticas en este campo dentro del panorama continental.



Los registros en este apartado son impresionantes. Hablamos de un jugador que promedia 230 regates a lo largo del curso con un promedio de acierto del 75%.

Números demoledores tanto por la cantidad como por la calidad. A través de su juego agrede a los rivales, ya sea encarando o protegiendo el balón.

Es un maestro del regate y domina los diferentes registros de la materia. Sale hacia todos los perfiles, izquierda, derecha, dentro-fuera, fuera-dentro.


En un palmo de terreno y en medio de una maraña de piernas rivales se sirve de su control y su cuerpo para salir de la situación, por comprometida que pudiera resultar.

Cuando Hazard recibe el balón se activa el modo “patio de colegio”, el belga hace avanzar y progresar la jugada sorteando rivales. Ya sea a través de un control orientado que le ponga de cara o, si ya lo está, en cuanto entra en contacto con el cuero el jugador se activa, arranca y acelera.

Encarando en situaciones más posicionales es un driblador paciente, le gusta jugar con el rival, se sirve de su paso corto y a partir de ahí amaga con salir en una u otra dirección hasta que encuentra la rendija por la que colarse, cambiando el ritmo o recortando.

Donde Hazard se torna especialmente peligroso es en las transiciones. El ‘10’ blue se desmelena y muestra habilidad de progresar la jugada a través de su brutal slalom.

El primer punto en este aspecto es su recepción. El jugador se orienta muy bien de cara a encontrar una salida.

Cuando recibe de espaldas a la jugada, pese a ser un jugador pequeño, utiliza muy bien su cuerpo, bajando su centro de gravedad para hacerse grande y generar separación respecto al rival. 

La fluidez de sus caderas le otorga muchísima capacidad de giro de forma que una vez producida esa separación tiene capacidad de salir en una u otra dirección.


En cuanto consigue ponerse de cara se muestra imponente. Su conducción es extremadamente precisa y ágil, ejecutadas a máxima velocidad. Tiene un primer paso muy potente (burst) a partir del cual se proyecta y alcanza una velocidad endiablada.


Además, demuestra una fuerza especial en este tipo de acciones. Su centro de gravedad, unido a la explosividad y velocidad con la que se mueve le convierte en un jugador muy difícil de derribar en este tipo de acciones sin incurrir en faltas.

Si bien lo que llama la atención del espectador de Hazard es su repertorio individual, nos encontramos ante un jugador de una vocación eminentemente colectiva. Su juego está orientado en generar ventajas para los suyos. Su toma de decisiones es excepcional, interpreta lo que el partido requiere y actúa en consecuencia.


Su voluntad es la de participar, de ahí que sus movimientos están orientados a habilitarse en posiciones en las que pueda recibir. Siendo la mitad izquierda del campo su principal zona, es un jugador que aparece por todo el campo. Es bastante frecuente verle aparecer en zona de mediocentro para recibir y acelerar la jugada. La intención de Hazard pasa por meterle colmillo a la jugada, añadiéndole velocidad y veneno.


Pese a todo es un jugador muy responsable en la gestión del cuero. Su control del balón y el uso de su cuerpo le permiten proteger el esférico respecto al rival en todo momento, sin descuidarlo y descargando en el momento oportuno.

Se trata de un grandísimo pasador, por su visión de juego y la técnica de desplazamiento. Funciona muy bien tanto en corto, donde se asocia con los compañeros cercanos en búsqueda constante de paredes como en profundo donde lee bien los espacios libres y a los compañeros. En transiciones es un gran lanzador, domina bien el cambio de orientación para el compañero que ataca el espacio aclarado en el costado opuesto.



Respecto al último pase, en el que Eden Hazard es un consumado especialista. El belga se ha destapado este curso con 19 asistencias, convirtiéndose en el máximo asistente del fútbol europeo. Para ello, se ha nutrido de una de sus especialidades, el pase atrás. Se trata de una acción que domina a la perfección, atrae rivales, gana línea de fondo y posteriormente descarga a la segunda línea.

También funciona muy bien en profundo, ya sea en acciones de último pase a la espalda de la línea defensiva o bien desde el pico de área donde encuentra a compañeros que llegan desde segunda línea o desde los costados. Se muestra muy paciente a la hora de esperar al desarrollo de la jugada y ejecutar el pase con un buen timing.

Su lectura de juego es periférica, lo que le ofrece un campo de visión de 360 grados sobre todos los movimientos que tienen lugar a su alrededor. Para servirse de tal visión, una de las acciones técnicas que ha desarrollado Eden Hazard son las acciones de espalda. Los pases de tacón son una de las especialidades de su repertorio. Ya sea para asistir o para prolongar, domina la técnica para realizar pases de espaldas con la precisión y tensión óptima.

Para prolongar utiliza generalmente la cara interior del talón del pie con la que acelera la jugada y hace progresar a la misma. También son comunes sus toques de espuela.


En las inmediaciones de la portería emplea estas acciones atrayendo rivales para posteriormente asistir de tacón mediante una dejada o pisada a quien llega desmarcado desde segunda línea.

En el apartado goleador no nos encontramos ante un goleador prolífico. Sus cifras goleadoras son buenas, pero lejos de los números a los que nos tienen acostumbrados los grandes goleadores del panorama internacional. En sólo dos ocasiones (2010/11 y 2018/19) ha superado la veintena de goles durante la temporada de clubes.

Son muchos los factores que explican su producción goleadora. Por una parte, se trata de un jugador que participa más en la gestación del juego y de las ocasiones que en la finalización de las mismas. Sin embargo, en la era de la explosión goleadora de los media puntas y extremos, hay razones de carácter técnico que pueden servir para fundamentar este déficit goleador.

No termina de encontrar forma de llegar a los goles fáciles. Si uno repasa los goles de Hazard, pocas son las situaciones francas de remate que encuentra. Dentro del área no se desenvuelve con soltura a la hora de encontrarlas. Asimismo, en sus movimientos sin balón tiende a dirigirse al balón y no a la portería. Sus desmarques son de apoyo, no de ruptura.


Respecto a este último punto, convendría acudir a la psique del jugador. El protagonista ha declarado en incontables ocasiones que su forma de entender el juego está muy relacionada con la diversión, con la participación en el mismo y no la finalización, pasando su felicidad por el juego y no por el gol.

En el golpeo de balón convendría separar diferentes registros. Desde media distancia hoy no es un ningún factor, le falta rango de tiro. A su disparo lejano le falta la potencia y la rosca necesaria. Peor, si cabe, es su remate de cabeza, donde no muestra habilidad alguna, ni por su capacidad de salto, ni por técnica.

Sin embargo, se trata de un definidor excelso. Define de forma sutil y precisa, con la colocación, anticipación y tensión adecuada para resolver. Es un jugador frío ante el portero que se sirve de un golpeo con ambas piernas, cruzado y seco.

Su problema a nivel goleador es de cantidad y no de calidad, pues es un jugador preciso a la hora de resolver acciones de valor gol. Su volumen goleador siempre está por encima del volumen de goles probables que produce. Materializa las ocasiones, pero produce pocas para sí mismo.

Patinando en Concha Espina

Hazard aterriza en la capital blanca en el mejor momento de su carrera, un fichaje que evoca tiempos pasados, cuando se firmaba al jugador en el cénit de su carrera, cuando las facultades físicas y el conocimiento del juego derivado de la experiencia se fusionaban.

Además, lo hace en plenitud, su dinámica y curva de rendimiento es ascendente. En este sentido, su carrera no ha sufrido el desgaste propio de la presión de algunos proyectos europeos, sino que llega con la mochila vacía y con todo por demostrar. También lo está a nivel físico, donde ha sido un jugador respetado por las lesiones a lo largo de su carrera.

El impacto inmediato será en términos de calidad y jerarquía. Si bien el Real Madrid está repleto de estrellas y campeones, no es menos cierto que en la parcela ofensiva del terreno de juego ha perdido capacidad de intimidación e incluso personalidad y liderazgo. Hazard es un jugador contrastado en la élite y acostumbrado a asumir la responsabilidad en el campo.

El Real Madrid añade un perfil de futbolista del que no disponía desde la salida del Ángel Di María en 2014, el regateador. Muchos son los blancos con capacidad de desequilibrio, pero regateadores consumados como Hazard a día de hoy ninguno. Zinedine Zidane contará con un arma capaz de descoser sistemáticamente sistemas defensivos rivales.


Su capacidad asociativa y entendimiento del juego entre líneas debe facilitar el proceso de construir sociedades con sus compañeros. 

El cuadro merengue cuenta entre sus filas con algunos de los jugadores más dotados técnicamente en el control y pase, él será uno más en este sentido. Su capacidad de fundirse en circuitos asociativos y no perderla, permitirá al equipo blanco gozar de la capacidad de esconder el balón, recurso que ha sido muy poderoso en Europa en 2017 y 2018.

Con Karim Benzema se vaticina una conexión especial, al belga le encanta servirse de sus compañeros para catapultarse y ninguno combina de forma más precisa y más rápida en medio del tráfico de piernas rivales que Benzema.

Además, los movimientos fuera-dentro de Hazard y dentro-fuera de Benzema deberían compensarse. Sin embargo, a Karim suele favorecerle que el compañero de ataque realice movimientos de ruptura y no de apoyo, aprovechando los espacios que el delantero galo suele generar, de ahí su conexión especial durante nueve años con Cristiano Ronaldo o con Vinicius Jr. Siendo Hazard un elemento de profundidad, lo es a partir del balón y no del espacio.

En cualquier caso, hemos visto un Karim Benzema al que durante muchos tramos del curso 18/19 se le ha exigido desde la pizarra ser principio y fin de los ataques blancos, generador y finalizador, y pese al buen hacer del ‘9’ blanco, lo cierto es que el equipo se ha encontrado huérfano de recursos. Con Eden Hazard el ataque blanco debería ganar coherencia en el reparto de roles, tanto en la generación como en la finalización.

Tras la salida de Cristiano Ronaldo, el Real Madrid no ha encontrado fórmulas y patrones de ataque. Ha sido un equipo que se ha ahogado en la pizarra y posteriormente en el campo. Desde la perspectiva individual, no supone un plus en algunas áreas en las que los de Chamartín andan cortos, como son el remate en el centro del área o la media distancia, acciones que han ido desapareciendo con la salida del luso y el progresivo ostracismo de Gareth Bale.

Sin embargo, Hazard es un generador ofensivo de primer orden, de los que genera ventajas por sí mismo y para sus compañeros, a partir de ahí Zidane deberá rediseñar el ataque para aprovechar todo aquello que le puedo ofrecer el belga a partir de su creatividad y desequilibrio. Siendo Benzema y Hazard jugadores de apoyo, deberán encontrarse mecanismos de ruptura a través de la segunda línea o de los costados (laterales y aclarado en derecha).

A tal efecto, los laterales vuelven a antojarse fundamentales de cara al futuro, siendo elementos tanto de amplitud como de profundidad. Otro de los elementos clave será atacar aclarados. Lo cierto es que hoy por hoy el Real Madrid no cuenta con grandes atacantes de espacios, la totalidad de sus hombres de ataque han mostrado mayor vocación por el apoyo que por la ruptura.

En este punto puede ser interesante la figura de Vinicius Jr. que ha mostrado aptitudes para estas lides. Quizás su mayor debe hoy por hoy sean las acciones de finalización, una materia en la que la evolución sólo puede llegar a través de la experiencia y en el tiempo. Sin embargo, es una figura devastadora a campo abierto y si mejora sus movimientos sin balón, añadiendo movimientos profundos a la espalda de la línea defensiva, puede dar un salto cualitativo muy importante es su carrera.

Posicionalmente, Hazard demanda libertad entre líneas. Su radio de acción principal es la mitad izquierda del campo, pero lo hace desde la libertad total para moverse a lo largo y ancho del campo. Es un jugador híper móvil, en búsqueda constante de participar en la jugada. No es extraño verle moverse a zonas de creación lo que obligará movimientos de compensación, similares a los acontecidos con Isco ocupando el vértice del rombo en 2017 y 2018. Esa misma libertad que el jugador demanda en ataque la suele demandar en defensa, donde es un jugador poco sacrificado e implicado en este tipo de tareas.

La llegada de Hazard supone una inyección de ilusión para el proyecto. El club se hace con un activo de primer nivel de valor máximo que constituye toda una declaración de intenciones y de poder. Por su parte el equipo firma un titular de rendimiento inmediato, que debería dar un salto de calidad al equipo y armonizar de nuevo el reparto de roles y jerarquías.

El Crackómetro (48) Luka Modric: Balón de Oro a un lustro de fútbol

Luka Modric: Balón de Oro a un lustro

Texto: La Galerna - Antonio Valderrama 4 diciembre, 2018


Luka Modric ha ganado el Balón de Oro. A principios de temporada también le dieron el The Best, de la FIFA. Es el primer futbolista que gana alguno de estos premios desde hace diez años y que no es ni Messi ni Cristiano. Esto es importante y no puede pasar desapercibido. Modric ha roto la dinámica salvaje, acaparadora, de los dos mejores futbolistas de la Historia. Quedará eso en los anales, no fue un jugador cualquiera, un Sneijder que floreció un año y ganó un triplete: fue Luka Modric, el secretario de Estado del equipo que tiranizó la Copa de Europa durante un lustro.

Porque el Balón de Oro que ayer recibió el croata es un premio comunal. En varios sentidos. El primero, el sentimental. Todo el madridismo abrazó ayer a Modric. El calado emocional de este jugador entre la hinchada más voluble y pasionalmente extraña del mundo es una cosa digna de ver. El segundo sentido comunitario del premio tiene que ver con la jerarquía de su Madrid. Hasta ahora los galardones individuales se los había llevado todos Ronaldo, seguramente todos merecidos. Ronaldo era la proa del tetracampeón de Europa, el símbolo, su representación dramática y extrema: el goleador, el héroe, también el villano. Una vez Ronaldo ya no está, los premios, como si se democratizaran, van a Modric y se realiza una transferencia simbólica, del hombre con superpoderes a la estructura que sostuvo (y todavía, sostiene) a ese equipo legendario, déspota de Europa.

Seguramente esta no ha sido la temporada más brillante de Luka Modric en cuanto al juego y a la regularidad. Sin embargo, ha sido, sin duda, la más prolífica y lujosa: campeón de Europa con el Madrid, por tercera vez consecutiva además y cuarta en cinco años, y finalista de la Copa del Mundo con Croacia, nada menos. Se pueden admitir réplicas a que le concedan el The Best y el Balón de Oro: probablemente el Madrid no habría sobrevivido contra el PSG ni la Juventus sin Ronaldo, amenaza eterna contra Bayern y Liverpool aunque no ejerciera de matador, etcétera. Pero la cuestión del Balón de Oro se desdobla también en otro sentido, de club, de estatus: ha sido irse Ronaldo del Madrid y dejar de contar para estas cosas, sin variar un ápice su influencia como jugador en los éxitos de su equipo. Es decir, desamparado, fuera del edén que Florentino construyó para este Madrid campeón, el planeta fútbol se ha olvidado de él y ha decidido centrar sus alabanzas en lo que había a la espalda del gigante, o sea, el Madrid de los (demás) jerarcas. Tan grande resulta la creación florentinista que Messi ni siquiera cuenta; no sólo su Real tetracampeón ha diluido el efecto de la Era Messi sobre el terreno de juego, acumulando chapa y gloria, sino que ha borrado al argentino del mapa donde se luce el star system del fútbol mundial.


No se puede olvidar la final de Kiev. El mundo contempló extasiado la jugada del 2-1. Terminó en una chilena prodigiosa de Bale, un trueno de Júpiter, sin duda hermoso y terrible por lo que tuvo de devastador, aniquiló la fe del Liverpool. Pero hay que fijarse en la jugada. El Madrid menea la pelota de lado a lado del campo ante la presión altísima de los ingleses. No la pierde. Hay un punto sobre el que gira el artefacto: Modric. La jugada es la sublimación del guardiolismo. El Madrid sobrevivió a la solución final ideada por el Pep y Xavi Hernández y una vez logró sacar la cabeza adquirió la noción de que aquello era necesario para vencer: todos los imperios incorporan lo que más daño les hizo de su peor enemigo, lo integran, lo asimilan y lo desarrollan. Modric es eso. Modric llegó al Madrid por un empeño personal de Mourinho, que acababa de derrotar al Barcelona de Guardiola en la Liga de los 100 puntos y sabía que el upgrade, como decía él, pasaba necesariamente por articular un fútbol como aquél. Ni con Xabi ni por supuesto con Khedira (s) bastaba. En esa jugada de Kiev Modric lleva el balón aquí, allá y acullá, y todo parece una sinfonía, todo está en el lugar correcto y los de rojo persiguen fantasmas como un día unos desgraciados de blanco persiguieron espectros en el Camp Nou. Era el final del trayecto. El gol lo firmó Bale y fue una preciosidad pero la artesanía correspondió al pequeño príncipe croata, que llevó la jugada hasta el costado de Marcelo después de acunarla como a un recién nacido hasta que finalmente, dormido, pudo ir a acostarse al lecho de los elegidos.

Que haya ganado Modric no sólo un Balón de Oro sino éste Balón de Oro también tiene una importancia cultural que no se puede desdeñar. Lo ha ganado Modric y no Xavi. Lo ha ganado un centrocampista. Durante años la prensa española dio una murga intolerable pidiendo el Balón de Oro para Xavi o para Iniesta, creo recordar también algunas voces desquiciadas que lo pedían conjuntamente para los dos, algo disparatado. Se dio por hecho aquí, sobre todo tras el Mundial de 2010, que el fútbol español era lo que la democracia liberal para Fukuyama, el final de la Historia, el non plus ultra. Modric llegó a España y se puso la camiseta naranja, en la temporada de la Décima, y fue como si jugara Cruyff para el Madrid. Después de apropiarse de esa figura romántica, fundacional del barcelonismo moderno, Modric gana lo que no pudieron ganar los dos grandes tótems del estilo y de la fuerza literaria del gran adversario: Modric es la venganza total del madridismo contemporáneo, la certeza absoluta para Florentino de que su idea del Madrid y de fútbol era la correcta. Florentino tenía razón.

Modric no conectó de primeras con el Bernabéu, quizá tampoco con el madridismo universal. Desde luego no ha conectado nunca con los trovadores del fútbol español, es decir los periodistas. Alfredo Relaño, sin ir más lejos, director del segundo gran periódico deportivo de este país y votante de France Football para el Balón de Oro, lo puso en tercer lugar de su lista. La ristra de desprecios a Modric por parte de periodistas es interminable. Sólo los ha rendido la acumulación numérica de proezas deportivas. Modric tampoco fue titular en el equipo hasta prácticamente las semifinales contra el Borussia. Su partido de vuelta en el Bernabéu, en un ambiente apocalíptico, fue emocionante. Aquel día el Madrid perdió el boleto para la final de Wembley pero se sintió en el ambiente que algo comenzaba con aquel croata bajito y narigudo que parecía patinar sobre la pradera de Chamartín. Lo suyo con la hinchada ha sido un enamoramiento, no a primera vista, ha sido una cosa mucho más profunda, una conexión gradual desde la admiración y desde la razón: a ciencia cierta todo el madridismo reconoce que sin Modric el Madrid es otra cosa peor, mucho peor.

Con Modric pasa un poco como con Iniesta. Suele fluir en la sala de máquinas del equipo, suele ser el Big Bang, apenas suma asistencias o goles, salvo días puntuales. Parece que no está pero cuando de verdad no está todo el mundo nota una mancha oscura en mitad del televisor, un cráter. Hay un número que es difícilmente contestable. Luka Modric no ha perdido ninguna eliminatoria de Copa de Europa con el Madrid desde aquella de 2013. Cuando la Juve eliminó al Madrid en 2015 él no estaba en el campo, no pudo jugar aquel partido. El Balón de Oro de 2018 es un poco el premio al Madrid de los jerarcas, al Madrid de Luka Modric.

Vocabulario Fundamental. Extinción (49) Cristiano Ronaldo ya es Historia

Cristiano, adiós sin pena

Jamás tuvo destrezas emocionales ni quien se las entrenara y su vínculo con el Real Madrid terminó por ser un feliz matrimonio de conveniencia. 


La pena es otra cosa. La pena es un sentimiento de pérdida emocional, no económica, ni estadística, ni siquiera deportiva. La pena incluye entre sus ingredientes el desgarro y la melancolía y en el adiós de Cristiano no existe tal cosa. Se echarán en falta sus goles, no cabe duda. Las victorias sencillas que no lo hubieran sido sin él. La sensación de seguridad que proporciona disparar con un cañón más grande. Pero los sentimientos, los más profundos, no entran en esta ecuación. Hay respeto y admiración, naturalmente. Sin embargo, no hay cariño, ni aprecio personal, esa estima casi familiar que se desarrolla con los deportistas que nos acompañan durante un largo trecho de nuestra vida.

Cristiano quiso ser números y a los números se los abraza mal y se los besa peor. Quiso ser el número uno, la cifra más alta de goles, de Balones de Oro, de ceros en su contrato, de Lamborghinis y de abdominales. Supo ser número, pero no supo ser víscera. Jamás tuvo destrezas emocionales ni quien se las entrenara y su vínculo con el Real Madrid terminó por ser un feliz matrimonio de conveniencia. Así lo aceptaron las partes. Sin amor, solo interés profesional. Sonrisas para la foto, pero camas separadas.

Por eso, en la hora de la despedida, solo cabe el dolor impostado de los que se sienten en la obligación de despedir a un ídolo aunque no saben cómo hacerlo, también por falta de entrenamiento. De un tiempo a esta parte, el Real Madrid tampoco ha trabajado en sus destrezas emocionales. Cómo llorar por Cristiano si no se lloró por Casillas. Qué hiriente contraste con las despedidas de Xavi, Iniesta, Torres o Gabi.

Se compara a Cristiano con Di Stéfano, y es un sacrilegio. Más allá de los porcentajes de goles y de los títulos logrados, Di Stéfano cambió una dinámica e instauró una forma de ser y actuar. Los tan manidos valores del Real Madrid son, todavía, una proyección de su carácter. La ambición caníbal, el orgullo, el esfuerzo sin desmayo, incluso la querencia por los cabellos rubios; todo tiene su origen en La Saeta. La aportación de Cristiano queda restringida a los libros de contabilidad, los almanaques y los récords. Todo eso le pertenece, y no es poco. Pero no dejará hijos, únicamente un huérfano: Karim Benzema.

Desde el inicio fue un jugador a contraestilo del Real Madrid, al menos eso pensamos los que todavía defendemos que el Real Madrid tiene un estilo, ahora te llaman pipero por eso. Cristiano ha sido un jugador de una insolidaridad insultante y de una gestualidad perniciosa, en primer lugar para sus propios intereses. No es casualidad que tardara tanto tiempo en ser aceptado por el Bernabéu, que transigió porque la victoria siempre es una tentación demasiado grande. Solo hizo falta mirar para otro lado en sus celebraciones infantiles y en sus zafias exhibiciones de músculos. No obstante, permanecía un reproche que afloraba en las épocas de sequía o en las pataletas recurrentes, nunca más allá del próximo hat-trick.

Cristiano se marcha y queda desearle suerte. La tendrá porque, aunque ha perdido la velocidad, pasará mucho tiempo antes de que pierda los goles. Le irá bien en Turín. Será un capítulo más de su productiva revancha contra el mundo. Esa que inició siendo un niño, cuando en Lisboa se reían de su acento. Tanto le dolió el desprecio de aquellos años que todavía se desquita. El ego, los complejos y la obsesión son miembros de la misma familia, la gasolina de los mil abdominales diarios.

Que le vaya bien porque dicen que es buen tipo. Nada deja a deber y nada se le debe. Adiós con honores porque los merece. Adiós con cornetas, espadas en alto y salvas de cañón. Pero adiós sin pena.

El Crackómetro (45) 2017, el mejor año de nuestras vidas

2017, el mejor año de nuestras vidas

La Galerna Ramón Álvarez de Mon 16 dic. 2017

Ningún madridista podrá olvidar jamás el año 2017. En realidad los madridistas nunca perdemos la referencia de los años en los que cae la Copa de Europa, por muchas que sean, pero es que 2017 ha traído cuatro títulos más. Nunca el Madrid ganó tanto en un año natural. Sólo se escapó una Copa del Rey que cogió al equipo cogiendo carrerilla para conquistar el gran doblete que se resistía desde la época de La Saeta.


Por mucho que nuestro espíritu crítico pueda rescatar momentos bajos este año, conquistar cinco títulos deja como conclusión indiscutible que el equipo ha sabido mantener un nivel muy cercano a la excelencia durante todo el año.

Además, el Madrid ha logrado récords que serán difíciles de batir: el primer equipo que levanta la Orejona dos veces seguidas, el primero que hace lo propio con el Mundial y, si no me equivoco, con la Supercopa de Europa.

Su jugador más decisivo y determinante -Cristiano Ronaldo- ha completado un año de ensueño sabiendo ser decisivo cuando la mayoría de jugadores se achican. Su quinto Balón de Oro quizá ha sido el más incontestable y, por tanto, el que más ha escocido al antimadridismo. Sin embargo, a modo de metáfora, el mejor jugador del Mundial ha sido Modric: el mejor centrocampista del mundo y el que mejor representa el espíritu del equipo y su estilo.

2017 ha sido el año de la consagración definitiva de Isco, que ha sabido ganarse un papel preponderante en el equipo, la confirmación de que los Carvajal, Varane, Casemiro, Kroos, etc están hechos para no parar de ganar títulos. Qué decir del mejor capitán que ha tenido el Madrid en muchos años: Sergio Ramos es el escudo, el jugador con mayor ascendencia en la plantilla, un líder natural cuyo nuevo estatus le ha dado el empujón definitivo hacia el Olimpo madridista. 2017 no ha sido el año de Bale, pero si su salud le respeta, pocos se jugarían dinero a que 2018 no lo será.

Siempre he pensado que los madridistas le damos un nombre a cada Champions (la Duodécima) con el objetivo de poder nombrar el siguiente objetivo (La Decimotercera). Los cinco títulos quedarán en el recuerdo y orgullo madridista, pero, quizá injustamente, el contador se ha vuelto a poner a cero. Quizá ésa sea parte de la grandeza del Madrid. Acabamos de ganar el Mundial y ya estamos pensando en el Clásico.