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Vocabulario Fundamental. Muros y Fronteras (11) El muro mental entre las dos Palestinas





Marchamos a Palestina, donde un interesante reportaje de ARTE nos habla sobre las fronteras mentales entre las dos Palestinas. Solo 16 km separan Gaza de Cisjordania, pero no es solo Israel quien se interpone entre ellas, también el muro de la enemistad desde la toma de poder de Hamás en Gaza en 2006, asaí como las distintas formas de entender la vida en la sociedad palestina. Desde entonces Hamás y Fatah luchan sin piedad, y agrandan una brecha que divide familias y mentalidades y que mina la causa palestina ante el ocupante israelí.
 

Vocabulario Fundamental. Invierno (10) Otros inviernos peores 4 Cuento de Navidad en Gaza

La gran Yolanda Álvarez, orgullo de nuestra televisión pública, ahora en 'En Portada' y antigua corresponsal en Israel y Palestina, fue sacada de su puesto por intolerables presiones del gobierno israelí tras su cobertura a la ofensiva israelí de 2014 sobre Gaza, ellos preferían que no hubiera testigos tan molestos. De su twitter importamos este podcast de Carne Cruda sobre este lugar torturado por una de las mayores injusticias de nuestro mundo.

Hay lugares del mundo que duelen. Uno de ellos es Gaza. Este "cuento de Navidad" llega al alma. Gracias, Raquel Martí. 
 

In Memoriam, Simón Peres

In memoriam Simón Peres






Hace 18 años, la televisión israelí produjo un documental sobre las distintas etapas de su vida, y Simón Peres me propuso que lo acompañase a Vishneva, su pueblo natal en Bielorrusia. Entramos en una casa rústica de madera, no demasiado grande. En el espacioso patio cacareaban las gallinas. Aunque le habían advertido que no bebiese del pozo (“Chernóbil ha envenenado nuestras tierras”, explicaban los lugareños), Peres bajó con sus propias manos el cubo enganchado a una cadena, lo volvió a sacar, llenó un vaso de metal y bebió entusiasmado el agua de su infancia. Cuando me contó que, a los ocho años, había destrozado la radio de su padre porque este la encendía el sabbat, le pregunté si su padre le había pegado alguna vez. “A mí nunca me ha pegado nadie”, fue su respuesta. Algo en su tono de voz despertó mi curiosidad. “¿Nadie?”, insistí yo. “¿Nunca? ¿Ni una pelea en el colegio o jugando?”. “Nadie. Jamás. No me han pegado y yo nunca he pegado”. Peres no conoce lo que casi todo el mundo ha experimentado alguna vez en carne propia, en especial los jóvenes, pensé entonces. ¿Podría ser esto una clave –una de las muchas– de su manera de ser, de su forma de relacionarse con el mundo? ¿Por eso acabó siendo un excluido, una persona permanentemente rodeada de un cierto aislamiento?

El expresidente israelí Simón Peres junto a su esposa, Sonya, en una imagen de 1985. Herman Chanan EFE

Y no es que Simón Peres no se mezclase en los asuntos del mundo. Estaba metido hasta las cejas y participaba activamente y con iniciativa en innumerables temas. Se involucraba con desenfreno en las intrigas de la política interior, estaba ávido de acción, ansioso por cambiar el mundo, y, a pesar de todo, siempre parecía en cierto modo aislado. Tenía perspectiva –histórica, fiel a unos principios, abstracta–, y dominaba el análisis de los procesos trascendentales. En eso era brillante. Sin embargo, para las cosas pequeñas que componen la realidad, le faltaba talento y también paciencia.

“El fin de una era”, decían ayer algunas necrologías. Lo decían incluso las de los políticos de derechas que le complicaron la vida y se burlaron de su “visión pacifista”. Pero, en realidad, la era de Simón Peres y de su visión ya había llegado a su fin a mediados de la década de 1990, cuando Isaac Rabin fue asesinado. De hecho, había terminado incluso antes, cuando se malograron los Acuerdos de Oslo que Peres, siendo ministro de Asuntos Exteriores, había hilvanado de cualquier manera a espaldas del entonces primer ministro Isaac Rabin.

El fracaso de los acuerdos y la oleada de violencia que estalló acto seguido provocaron en la mayoría de mis compatriotas la sensación de que Israel había cometido un error fatal al dejarse arrastrar para que confiara en Arafat y los palestinos. Para la mayor parte de la opinión pública israelí, Peres no tenía menos responsabilidad que Rabin en el curso de los acontecimientos. “Criminales de Oslo”, les gritaban los manifestantes de derechas, y afirmaban que sobre la conciencia de ambos pesaba el millar de israelíes muertos en la espiral terrorista que siguió al naufragio de las resoluciones. (Como si, en el caso de que los Acuerdos de Oslo no se hubiesen firmado, los palestinos se hubiesen sometido con docilidad y sin resistencia a la ocupación israelí hasta el fin de los tiempos).

Posiblemente, en aquellos años, el odio por Peres nació del hecho de que, con su elocuencia, con su talento poco común para infundir esperanza, para abrir una ventana al futuro, lograse transmitir a los israelíes desconfiados y marcados por la guerra, aunque solo fuese de forma pasajera y en contra de su instinto, fe en que también para ellos había la variante existencial de otra vida en paz. Mientras nos dejábamos arrastrar por el visionario Simón Peres hacia la idea de un “nuevo Oriente Próximo” concebida por él mismo, los israelíes sentíamos que habíamos burlado nuestro destino marcado por la guerra y las catástrofes; un destino grabado a fuego a lo largo de nuestra trágica historia. Y cuando los Acuerdos de Oslo fracasaron y se frustró la esperanza que, aunque fuese por un instante, nos habíamos permitido, no se pudo perdonar a Peres.

Simón Peres era un hombre orientado enteramente al futuro. Mientras el Estado se hundía cada vez más en un relato genealógico de índole religiosa, él pertenecía a aquellos que se entregaban a lo universal, a la ciencia, a la racionalidad, a la democracia y al conocimiento libre; a quienes se catapultaban como un ancla hacia una utopía lejana, aún invisible y, a continuación, se afanaban con todas sus fuerzas en alcanzarla. Peres creía firmemente que orientarse al futuro generaba una energía que permitía superar los obstáculos del pasado y del presente, ahuyentando así la resignación y la apatía que padece actualmente la sociedad israelí.

He aquí un ejemplo del pensamiento y el modo de proceder peresiano: “Fui a ver a Putin”, me contaba cuando ya estaba cerca de los 90, “y le dije lo siguiente: dentro de un año acaba el control de Egipto sobre el Nilo; expira el acuerdo histórico con Gran Bretaña y Francia. Etiopía ya está reclamando el agua y puede haber peligro de guerra. Vayamos los dos a ver a Mursi (el entonces presidente egipcio) y hagámosle una propuesta: nosotros, los israelíes, podríamos proporcionar a los egipcios un Nilo tres veces mayor. Tenemos los medios técnicos para duplicar el caudal de agua de su país. A mí”, proseguía Peres, “Morsi no me escucharía, pero seguro que a usted sí, señor Putin. No utilizaremos la política. La política está caduca. Lo haremos por medio de las grandes empresas, ya que son ellas las que gobiernan el mundo hoy en día”.

Así pensó y actuó Peres toda su vida. Consideraba que el (opresivo, trivial) presente no era más que un impedimento efímero por el cual no había que dejarse detener de ninguna manera. Para él, la resignación no era una opción. La política pasiva de Netanyahu y su rechazo a reemprender las negociaciones israelí-palestinas lo enfurecían, contradecían su código genético, que lo impulsaba sin cesar hacia iniciativas impetuosamente creativas. En nuestras conversaciones ocasionales yo percibía con nitidez lo que Peres ocultaba en público tras su inagotable optimismo: la profunda preocupación que le producían el nacionalismo, el fanatismo y el marasmo político de Israel. Sabía –y no se resignó a ello ni siquiera en sus últimos momentos– que en su país estaba germinando una realidad catastrófica para ambos pueblos, y que él, el propio Simón Peres, pertenecía al bando derrotado por la historia.

Era un hombre contradictorio. El joven que soñaba con ser “pastor de ovejas y poeta de las estrellas” se convirtió en líder de un país entregado la mayor parte del tiempo a la guerra y el derramamiento de sangre. Durante años se negó a reconocer que la creación de un Estado palestino fuese la solución al conflicto, y apoyó los inicios de la política de asentamientos en los territorios ocupados. Más tarde se convirtió en un estadista que simbolizó como ningún otro la disposición al compromiso y el esfuerzo por lograr una paz histórica con los palestinos. En la batalla contra sus adversarios políticos se manifestó como un manipulador sin restricciones, lo cual, no obstante, delataba en él–y nadie podía sustraerse a ese influjo– auténtica grandeza. Era un amante de la cultura y un defensor convencido de los derechos humanos, pero sobre su conciencia pesaba la muerte de más de un centenar de refugiados que en 1995 perdieron la vida en Líbano cuando Israel bombardeó la población de Kafar Kanna.

En los próximos días intentaremos seguir ahondando en el fondo de su personalidad. Tal vez justamente aquello que hacía de Simón Peres una persona tan compleja y fascinante fue lo mismo que motivó que los israelíes dejasen de elegirlo para ocupar altos cargos. Fue derrotado una y otra vez en las elecciones y se quedó con la etiqueta del eterno perdedor. Durante años libró incansablemente una desagradable batalla contra Isaac Rabin, preferido por el pueblo y (solo en apariencia) más franco y fácil de descifrar. Tal vez a su compleja personalidad se deba no solo que Peres perdiese las elecciones, sino también que se viese privado de algo que a otros políticos menos capaces sí les ha cabido en suerte: el afecto de la multitud.

Desde el mismo comienzo de su carrera política, Peres fue sin duda un hombre importante, pero no por ello querido. No era, sencillamente, uno más, alguien que pudiese apelar directamente al corazón de los israelíes, o, mejor dicho, a sus vísceras. Por eso los años como presidente le hicieron tanto bien, ya que, estando en el cargo –así lo sentía él–, fluyó por primera vez hacia su persona el afecto de la mayoría de la población israelí; en él le abrieron por fin su corazón también aquellos que hasta entonces habían visto en él al excéntrico visionario y, en más de una ocasión, incluso al traidor. Así es como yo lo recordaré: una tarde lo llamé por teléfono al despacho presidencial para convencerlo de una idea que pensaba que le podía interesar. “¿Y por qué por teléfono?”, me preguntó. “¿Está libre esta noche? Pues entonces, pásese a cenar”.

El palacio presidencial estaba medio a oscuras, y, entre sus jóvenes guardaespaldas, Peres parecía viejo y solo. Cuando entré en su despacho, se irguió, la vida iluminó su mirada, y se entregó inmediatamente a un monólogo sobre los Gobiernos actuales de todo el mundo, demasiado débiles como para resolver ni uno solo de los problemas vitales en materia de economía y seguridad. Luego habló de un proyecto científico, el Centro Peres para la Paz, que trabajaba en los últimos avances médicos: “Pronto tomaremos los medicamentos a través de la fruta. En ella habrá de todo, desde remedios para el dolor de cabeza hasta píldoras contra el envejecimiento”. Luego pasó a la nanotecnología, uno de sus temas favoritos, y me pintó el escenario de la guerra del futuro, sobre el cual volarían “avispas” electrónicas dirigidas por control remoto. Asimismo se refirió “a los mayores enemigos de la democracia en el mundo árabe: los maridos que niegan a sus esposas la igualdad de derechos”, y de los cinco libros que estaba leyendo al mismo tiempo, uno de ellos Cincuenta sombras de Grey (“La lectura me ha aburrido. Nada de creatividad, nada de auténtico erotismo”).

La cena fue sencilla, como en los días del kibutz: tortilla de setas, ensalada de verduras picadas con queso, unos cuencos de requesón, pan de comino y un vaso de vino tinto. Peres habló y se rió. Recordó el histórico encuentro entre Ben Gurión y De Gaulle, en el que él estuvo presente. Yo lo observaba. Desde que lo conocí personalmente, sentía por él profundo respeto y admiración. Precisamente sus contradicciones lo convertían para mí en un ser humano conmovedor y fascinante. Esta persona ha visto pasar casi un siglo y, a su manera, le ha dejado su impronta, pensaba. Solo algunos han tenido el privilegio de vivir una vida tan plena y apasionante. Se lo dije. Hizo un gesto quitándole importancia y, riendo, respondió: “¡Pues no he hecho más que empezar!” Durante un instante lo vi feliz, tanto como si creyese en sus propias palabras.

David Grossman es escritor israelí


Vocabulario Fundamental. Corrupción y Fraude (27) 'The Green Prince', de traición, guerra y amistad

'The Green Prince' es un documental alemán basado en el libro 'Son of Hamas' que nos cuenta la historia de Mossab Hassan Yousef, hijo del Sheik -Jeque- Hassan Yousef (uno de los líderes espirituales de la organización islamista Hamas e impulsor de la Primera Intifada), quien durante toda una década, mientras trabajaba como hombre de confianza de su padre, traicionó la confianza paterna y la de su propio pueblo, convirtiéndose en el mejor informante de un agente del Shin Bet, uno de los servicios secretos del país hebreo. 

El documental, del 2013, fue dirigido y guionizado por el realizador Nadav Schirman está basado en el libro 'Son of Hamas' del propio Mosab Hassan Yousef, en donde su autor desgrana su insólita experiencia vivida durante aquellos años como espía del servicio secreto israelí mientras escoltaba a su padre en sus reuniones como jefe de Hamas por el martizado territorio palestino. El relato se centra en la relación con su padre pero sobre todo en la compleja y algo ambigua relación con su superior hebreo en una fascinante historia de terror, traición, decisiones imposibles y una amistad que le enfrentaría a todos sus límites.

Nacido en Ramala en 1978, Mossab había crecido como se esperaría de él en la Palestina ocupada de la Primera Intifada, mascando la frustración y la rabia contra el represor ocupante israelí y fue detenido por primera vez con apenas diez años por arrojar piedras contra colonos. Sin embargo, según sus propias palabras, fue a finales de su adolescencia cuando empezó a dudar de su fe musulmana lo que sumado a los brutales métodos operativos de Hamas, hicieron tambalear su idea del mundo en el que había crecido. Cuando en 1996 fue otra vez capturado por las fuerzas israelíes, pasó un tiempo en prisión en el que el agente de Inteligencia israelí Gonen Ben-Itzhak logró desarrollar con él un fuerte vínculo para contactarlo para la causa judía. 

Tras desarrollar en él un obvio Síndrome de Estocolmo, probablemente una pulsión homosexual y después una inquebrantable amistad, logró reclutarlo como informante con el nombre en clave de 'Príncipe verde' (verde es el color de Hamas) durante toda una década, de 1997 a 2007. Aleccionado sobre cómo debía actuar e infiltrarse en el movimiento palestino, comenzó para Moseb un largo derrotero de mas de diez años suministrando información secreta acerca de los movimientos de la milicia palestina. Mosab se autojustifica diciendo que sus delaciones impidieron numerosos atentados en Israel pero también salvar la vida de varios líderes palestinos que gracias a él fueron capturados en lugar de ser asesinados y que eso servía indirectamente a la causa palestina. Según el propio Gonen Ben-Itzhak, muchas personas le debían la vida sin saberlo.

A medida que el tiempo va transcurriendo, se produjo para Mosab una pérdida de identidad donde sentía que estaba desempeñándose en dos mundos diferentes: por un lado, el verdadero actuando como el informante que es, por el otro haciendo creer que estaba combatiendo a los israelíes hasta llegar a ser encarcelado como si se tratara de un palestino enemigo; esa dualidad de comportamiento y las tensiones psicológicas subyacentes van revelando una conducta sumamente compleja y contradictoria.

Pero su deriva personal aún le acabó llevando a abrazar el cristianismo entre 1999 y 2000, ser bautizado en 2005 y huir a Estados Unidos en 2007 para vivir en San Diego. En agosto de 2008 publicó su cristianismo y su renuncia a Hamas aunque más tarde también expresaría sus dudas respecto a todas las religiones. En Marzo de 2010 publicaría su autobiografía 'Son of Hamas' y de ella este documental. Se trata de una historia humana fascinante stranger than fiction que nos recuerda al estupendo libro de Graham Greene 'El factor humano', que muestra la complejidad de las relaciones humanas dentro de un contexto de guerra, de manipulaciones y dependencias emocionales, de odio, de amistad y traición. 

No es pues solo un film sobre la realidad política del conflicto palestino, ni deberíamos mirarlo política sino antropológicamente, como una historia humana, terrible y hermosa al mismo tiempo, que podría suceder en cualquier territorio en guerra. Es evidentemente la historia de un fraude continuado toda una década, de un felón que traicionó la confianza de su padre, de toda su familia y de la causa palestina, pero también es la historia de un individuo con toda su complejidad emocional y contradicciones, un ser humano que bajo una presión intolerable un día tomó una decisión que cambiaría su destino. 

Dedico este documental a mis compañeros y profesores del "Curso sobre el mundo árabo-musulman en transformación", lástima que haya sido tan corto y nos hayamos conocido poco. Nos vemos en el siguiente. Cuídense allá donde estén. 

Vocabulario Fundamental. Infancia (29) Infancia en guerra 6 'Nacido en Gaza', de Hernán Zin


"He trabajado en muchos de los conflictos del último siglo: Somalia, Sudán, Congo... Pero como Gaza no hay ningún otro. Se trata de una ocupación de tintes coloniales que en pleno siglo XXI es impensable. Es una guerra de ocupación ilegal. Israel nunca ha respetado la hoja de ruta de la legalidad internacional" (...) "Israel es una entidad supraterrenal y todopoderosa que los castiga, los condena y los bombardea. La relación palestino-israelí se ha roto, ahora están los muros. Israel quiere que los palestinos desaparezcan de Palestina" (...) "Estaba rodando en México cuando mis amigos en Gaza me contaron lo que estaba sucediendo. Cuando supe lo de los niños que mataron en la playa, me dije: 'Tengo que estar allí'". Hernán Zin

Así contaba Hernán Ziz el momento en el que, hace un año, supo que tendría que ir a Gaza e implicarse personalmente ante lo que era un flagrante crimen contra la Humanidad, uno más dentro del enorme matadero que la ofensiva israelí 'Protective Edge' (Margen Protector) había creado en la martirizada Franja. Pero no uno cualquiera pues no se había producido en ningún edificio en el que se suponen vivían familiares o desde el que Hamás hubiera lanzado -o no- sus cohetes, sino que se produjo en la playa de Gaza, a la vista de todo el mundo, mientras los niños jugaban al fútbol. Los niños se divertían con el balón al atardecer en la playa, cerca de donde se aloja la prensa internacional, cuando oyeron un primer disparo y echaron a correr. Un segundo proyectil, al parecer procedente de uno de los barcos que desde hace años asedian la franja, impactó sobre ellos cuando trataban de huir, explicaron los testigos. 

Podía haber sido cualquier otro bombardeo en los que se volaban barrios enteros o se atacaban las ambulancias y los mercados y las decenas de víctimas se iban convirtiendo en centenares y luego en miles, pero fue ese acto cruel y despiadado de parte de quienes aún se definen como el Ejército más piadoso del mundo, el momento de convencimiento de que esa guerra, esa lucha tan desproporcionada, repetida y despiadada, tenía que filmarla. 

Y con su talento como documentalista y su determinación como ser humano empático y comprometido ante la injusta realidad que contempla, poder crear un trabajo periodístico audiovisual de primer nivel para denunciarlo. Para ello intenta reconstruir el día a día en la guerra de diez niños gazatíes entre los cráteres y las ruinas de lo que un año antes fueron su ciudad y sus casas, buscando algún recuerdo que aún estuviera temblando en un rincón, tras una pared medio derrumbada. 

De hecho, un año después, puede verificarse que el número de las decenas de miles de casas reconstruídas en la Franja de Gaza es... cero, debido a las múltiples trabas que para elementos de construcción o reparación pone el gobierno hebreo, impidiendo totalmente la entrada de hormigón y otras materias primas vitales para poder recuperar algo de lo destruido. Por cierto, también un año después, la Justicia israelí ha decidido archivar sin acusaciones la investigación penal por el ataque contra los niños en la playa alegando que fueron confundidos con milicianos... 

Producido por Jon Sistiaga y la cantante Bebe y rodado tres meses después de la ofensiva Margen Protector, 'Nacido en Gaza' es un retrato íntimo, profundo, sobre cómo la violencia y cómo ésta transformó para siempre sus mentes infantiles y sus vidas, cómo les fue arrancada la vida de familiares a los que han visto morir despedazados por las explosiones. Y esta desesperación les convertirá probablemente en adultos mentalmente enfermos con numerosos trastornos de estrés post-traumático, pero también en personas con mucho miedo, mucho odio y mucho deseo de venganza.


Ciclo de cine de animación (30) 'The heart of Amos Klein', de Michelle y Uri Kranot

'The heart of Amos Klein' (El corazón de Amos Oz) es un excelente corto de animación del año 2008 de los directores, guionistas y animadores Michal Kranot y Uri Kranot, daneses de ascendecia israelí. Su sinopsis es: durante una operación de transplante de corazón, mientras se debate entre la vida y la muerte, el condecorado ex-soldado israelí Amos Klein rememora momentos importantes en el transcurso de su vida, que se corresponden con momentos clave en la historia de su país. 

Además de dotarle de un contexto histórico y cultural, los distintos lenguajes visuales utilizados en el film proporcionan una estilizada mirada emocional al decadente alma del ex-soldado según los distintos acontecimientos de su vida la fueron dando forma, envileciéndole como persona. El viaje retrospectivo por su vida es una reflexión sobre la corrupción moral, el militarismo y el adoctrinamiento, así como una alegoría sobre la pérdida de la inocencia y la compasión. 

Vocabulario Fundamental. Miedo (6) Netanyahu y el miedo, reyes en Israel

Tras la victoria por cuarta vez del Likud de Benjamin Netanyahu este se apoyará en la extrema derecha nacionalista y los ultraortodoxos para seguir gobernando, por cuarta vez, los designios del país hebreo. De un Netanyahu que se ha presentado como la única alternativa al caos geopolítico regional y envalentonado por estos resultados no se espera nada bueno, sino probablemente que añada más tensiones con Irán y más calamidades, sufrimiento y robo de tierras para los palestinos, más conflictos en una zona sobrada de ellos. Más miedo en un país que ha hecho del temor la piedra angular de su psique nacional. Lluís Bassets nos habla de ello. 


El miedo es rey en Israel

Lluís Bassets 18 marzo 2015

No es invento o ficción. Este es un Estado en guerra desde su creación. Hay pocos países que se sientan permanentemente amenazados. Desde fuera, por un entorno hostil que ni siquiera le reconoce, y desde dentro, por las reivindicaciones perfectamente justificadas y fundamentadas en el derecho internacional de la población palestina expulsada y desposeída. Estas amenazas suelen tintarse con las sombras oscuras que todavía remiten a las nubes de cenizas escupidas por los crematorios nazis. No caben relativismos con ellas, son existenciales. Es una experiencia muy propia, que se observa con escepticismo e incluso incredulidad desde fuera, pero dentro se transmite de generación en generación desde los tiempos del exterminio.



Israel es una pesadilla para sus enemigos y un milagro para sus ciudadanos y sus amigos. Surgió del antifascismo de la posguerra mundial, se asentó en la Guerra Fría, cruzó por el interregno unipolar con los acuerdos de Oslo como precio y entra de lleno ahora en la descomposición del orden geopolítico mundial, sin el más mínimo avance en la creación del Estado palestino con el que debía convivir en paz y seguridad, ni tampoco la recompensa del reconocimiento por parte de los países árabes vecinos.



El miedo guarda la viña. Y llega a convertir a quien lo sufre en indestructible. Si en las primeras guerras pudieron existir dudas sobre el desenlace, en las últimas la única duda es sobre los daños políticos y morales, victorias militares que se leen como derrotas estratégicas. Su superioridad militar es apabullante y sobradamente demostrada. Pobre de quien se cruce en su camino. El miedo en el actual caos geopolítico es casi un fruto espontáneo. Hamas en Gaza. Hezbolá en Líbano. Al Qaeda en el Sinaí. El Estado Islámico y el Frente al Nusra en Siria. Y naturalmente, los ayatolás en Teherán con el propósito de convertir Irán en un país nuclearmente moderno, en el umbral de obtener el arma atómica si en algún momento conviniera.



Razones para el miedo no faltan en el orden dislocado que surgió de Oriente Próximo tras la primavera árabe, cuya promesa democrática se trocó en el retorno de la dictadura militar o alternativamente el caos terrorista del califato. Nada más evidente y sensato que la inmovilidad. A ello se ha dedicado Benjamín Netanyahu durante sus nueve años como primer ministro. Moverse solo para comprar tiempo y seguir robando territorio a los palestinos, sin ceder nunca en nada. Atizar el miedo sin descanso, hasta el mismo día de las elecciones.


Contra el acuerdo nuclear con Irán. Contra el Estado palestino y la congelación de las colonias, para evitar que el Estado Islámico se asiente en casa. Contra el voto de los árabes israelíes incluso. Contra el Gobierno de concentración nacional con quienes quieren sentarse de nuevo a negociar con los palestinos. Así es como ha ganado a todos, a sus propios socios de Gobierno más extremistas, a los que ha robado votos y escaños, y al sionismo de izquierdas que quería arrebatarle la corona.

El miedo ha ganado las elecciones. En Israel el miedo es rey y quien ocupa su trono se llama Netanyahu.

Vocabulario Fundamental. Puta guerra (26) 'Lebanon', la guerra desde el tanque

Ahora que anda Brad Pitt haciendo de su Sherman un nuevo El Álamo en la lamentable parte final de 'Fury' recordamos la película israelí 'Lebanon', dirigida en 2009 por Samuel Maoz y ganadora del Festival de Venecia del mismo año. Ambientada durante la primera invasión israelí de Líbano en 1982 esta claustrofóbica cinta nos muestra 24 horas dentro de un tanque del ejército hebreo en aquel conflicto.

Tiene un inicio espectacular: unos soldados del ejército israelí encerrados en un tanque a plena luz del sol, en pleno campo de batalla y a la vez en plena naturaleza comienzan a vivir un estremecedor día de guerra. Su ritmo, ansioso e intranquilizador, se une a unos personajes perturbados que poco pueden hacer más que seguir una serie de erráticas directrices impuestas de una forma u otra. 

Si bien podría haber sido más redonda en su desarrollo, poco hay que reprocharle a esta valiente película, que, pese a su alto componente dramático, no esconde su etiqueta bélica en ningún instante. Nos hace asomarnos al infierno a través de la angustiada mira de un cañón, a una lucha guerrera y psicológica de infarto, para hacernos ver algo más (o menos) aberrante de lo que ya nos tienen acostumbrados los videojuegos y telediarios. En el reducido espacio en el que se mueve no caben la exaltación del sacrificio por unos valores o una religión, en este escenario de caos, desesperanza y ruina moral todos pierden. 



Encierro de la mirada

FilmAffinity 20 de agosto de 2010

La primera imagen de Lebanon muestra un campo de girasoles mustios: incapaces de levantar su mirada hacia un sol que todavía no llega a imponerles su fuerza. Inmediatamente después la cámara se va hacia el interior de un carro de combate israelí y se queda encerrada allí, adentro del tanque, junto a los cuatro soldados (más algún otro hombre que circunstancialmente entra al rinoceronte, clave utilizada para denominar a ese tanque en las comunicaciones militares). Así durante todo el tiempo que dura la película del director israelí Samuel Maoz. Por más de noventa minutos quien mira acompaña el encierro de un día de esos hombres durante la invasión al Líbano de 1982. Hay tres ojos diferentes que se entrecruzan las miradas: los ojos del tanque, cuyos visores sirven para ajustar la puntería de sus balas y sus cañones y también para atrapar el horror de afuera y meterlo adentro; los ojos de la cámara, en el interior del tanque, en sus rincones, enfocando los rostros, las botas, el lubricante derramado, ojos que no sólo se utilizan para mirar: la cámara capta también los aromas de ese interior abarrotado: olor a diesel, a sudor humano, a sangre, a miedo; y nuestros propios ojos frente a la pantalla, ojos que no son precisamente los que mejor y más pueden mirar, pero son los únicos que de verdad pueden ver lo que los otros miran. 

He leído que Lebanon es una película antibelicista. No me atrevería a afirmarlo, diría sí, que es angustiante. He leído después que la película tiene demasiados golpes bajos, que su director Maoz estuvo dentro de uno de esos carros de combate cuando tenía veinte años, durante la invasión israelí, que los miedos de los soldados en el interior del tanque expresan los antiguos temores del director. Habrá que aceptar que los soldados israelíes, además de una reiterada costumbre de sacarse fotos con sus prisioneros árabes como souvenir de guerra, también suelen tener miedo. Una hora y media o un día completo adentro de uno de esos tanques, con los cuerpos encogidos, meando en latas, viviéndose como una excrecencia del exterior, achica las esperanzas de cualquiera. De nada sirve el último cuadro: el tanque, capturado por primera vez desde afuera, detenido en medio del mismo campo de girasoles mustios del inicio de la película. El rinoceronte rodeado del amanecer. No hay redención. En la lógica de las invasiones y de las guerras el amanecer no existe.